Para mí existen similitudes de visiones en algunos campos y de algunas medidas pero en métodos es diferente.
En Brasil al margen de las diferencias políticas en los distintos partidos hay un determinado rumbo de adonde se quiere incluso antes de que asuma Lula y del cual pareciera que prácticamente nadie quiere alejarse. Acá me parece que somos más cortoplacistas en muchos aspectos y recién se busca adoptar decisiones de fondo contra aquellos que miran mal al Gobierno y tampoco hay un “programa” con un norte al cual -con las diferencias que siempre habrá- aspiran que llegue el país y a veces no se explica demasiado el por qué se adoptan ciertas medidas. Después están aquellos que confían en el buen criterio de Cristina -y en su momento de Néstor- y aquellos que no confían. Obviamente hay matices. Sumado a que en este país históricamente se hace tierra arrasada con lo que hizo el anterior no importa si es algo bueno o algo malo.
Sí, lo de que Brasil hace rato no se aparte tanto de una línea “industrialista” si se quiere es verdad. Igualmente yo creo que acá de a poco se está logrando ese consenso sobre que clase de país se quiere. Fijate como el proyecto de país que propone el kirchnerismo pasó de un 22%, a un 46% en 4 años, a un 54% en 8 años, cada vez se suma más gente. Y de hecho, si en la última elección le sumás al 54% de CFK el 17% de Binner, tenés un 71% que en general se supone está de acuerdo con la estatización de las AFJP, con la ley de medios, con la nacionalización de YPF, con la no represión de la protesta social ( y con el avance de la soja, porqué no decirlo ; ).
Y sí, cada país es un mundo, tienen sus diferencias gigantes producto de su extensión, de su historia, pero si nos ponemos a revisar las políticas de Lula / Dilma con las de Nestor / Cristina, siempre se orientan a la integración latinoamericana, a la incorporación de amplios sectores populares, un modelo neodesarrollista si se quiere, reparación y reversión de políticas neoliberales ( no todas, claro ), las similitudes en gestión son muchas. Yo creo que desde afuera uno tiende a ver la imagen general de un país y a idealizarla un poco, uno no se entera del “chiquitaje” que se entera acá todos los días, no se entera de las declaraciones del Abal Medina brasilero, ni del Orlando Barone de TV Brazil, ni del abuso policial en Sao Paulo.
Pero que tantas veces, tanto Lula como Cristina o Nestor se muestren tan afines, y se elogien mutuamente, me parece que es un indicador innegable de la sintonía entre los modelos.
Las autoridades políticas de Venezuela están llamando “a prepararse para lo peor”. En distintos puntos de ese país se reúnen colectivos sociales para rezar por la salud de Hugo Chávez. La muerte de Chávez sería un golpe moral para los millones de venezolanos cuyas vidas cambiaron como consecuencia de la acción social de Chávez, así como también para los que han vivido la experiencia bolivariana como una reivindicación simbólica de los oprimidos.
La desaparición física de Chávez sería un golpe fatal para el liderazgo chavista. Chávez no sólo ha gozado de una autoridad personal, sino que lo ha distinguido por sobre todo el ejercicio del poder personal. Salvo una ultra minoría de la vieja izquierda, como el ex vicepresidente José Vicente Rangel, el grupo dirigente bolivariano se caracteriza más como una corte que como un equipo de cuadros. El núcleo duro de la dirección viene del nacionalismo militar, el Movimiento Revolucionario Bolivariano, no de la izquierda. A la sombra del chavismo se ha enriquecido la llamada ‘boliburguesía’, insertada en el presupuesto de PDVSA. El chavismo no puso fin a la condición rentista del capitalismo venezolano, sólo alteró la ruta de esa renta, la cual antes alimentaba a la banca internacional y luego fue orientada al asistencialismo social. En ausencia de una industrialización vigorosa, el asistencialismo se agota por una ausencia de base económica y de desarrollo social. La modificación del hábitat de las masas es imposible sin el desarrollo de las fuerzas productivas. La salida de Chávez coloca al régimen venezolano ante la disyuntiva de convertirse en militar o co-gobernar parlamentariamente con la oposición. El corresponsal de La Nación en Caracas ha dado cuenta de conversaciones entre ambos bandos e incluso de una acentuación de la división entre los opositores, en cuyas filas milita con fuerza un sector golpista con apoyo de los republicanos norteamericanos. Los planes de Chávez de vaciar al régimen constitucional vigente -esto mediante una transferencia de funciones de gobierno de los estados y municipios a las comunas populares- ya eran ficticios o inviables bajo su liderazgo y no podrían sobrevivir en su ausencia.
Al nacionalismo latinoamericano, la desaparición de Chávez lo dejaría sin referencia; el ‘socialismo del siglo XXI’ operó como un sustituto minusválido de la Revolución Cubana. Para la totalidad de los gobiernos latinoamericanos de la nueva hornada, su ausencia será una excelente oportunidad para sacarse la carga que representaba para ellos el radicalismo del chavismo y su abierto desplante a la diplomacia norteamericana y occidental en general. ¡Cuántas veces Kirchner y Lula manifestaron su fastidio por las ‘transgresiones’ del chavismo! Esto no les impidió hacer negocios excelentes, incluso en el plano de las camarillas gobernantes respectivas. Un buen trabajo de ocultamiento mantiene en el olvido la posición ambigua del gobierno Lula en ocasión del sabotaje petrolero de 2002/3, cuando propuso la mediación de un “grupo de países amigos” con representación paritaria de los enemigos del chavismo. En la base de América Latina, el bolivarianismo no hundió raíces y languidece sin prisa ni pausa. El agotamiento del nacionalismo pequeño burgués, de distintas características, está agotado desde mucho antes de que ocurriera el drama del caudillo venezolano. La reorientación de las relaciones entre el bolivarianismo venezolano y la derecha financiera de Colombia, que se plasma con más fuerza con el inicio de las conversaciones de paz con las Farc, son una expresión de la vasta operación internacional emprendida por el gobierno norteamericano para contener dentro de límites precisos la impronta chavista. Los choques seguirán, inevitablemente, porque el imperialismo yanqui no ha renunciado a recuperar el control del oro negro de Venezuela.
Ningún socialista ha dejado de asociarse al dolor de las masas cuando pierden a sus grandes caudillos, pero ello no los ha apartado nunca de continuar con la crítica severa que sirva para apartarlos del callejón sin salida del nacionalismo, que en las naciones oprimidas aparece como un antimperialismo -casi siempre verborrágico. Los caudillos nacionalistas se sirven del influjo que ejercen en las masas, no para abrir una ruta de autoemancipación, sino para someterlas a la regimentación del Estado, como factor de presión frente algunos intereses capitalistas foráneos. Una parte de la prensa ha hecho circular la versión de que estaríamos ante una ‘mise en scène’, para dramatizar las elecciones regionales que tendrán lugar el próximo domingo.
Cuando la amenaza de una desaparición física de Chávez está dando lugar a planteos políticos de toda especie, queremos dejar clara la caracterización de la persona, el movimiento y la situación concreta que hacemos desde el Partido Obrero.