
[LEFT] Daniel Passarella ha hecho historia. Fue el primer capitán del seleccionado en levantar la Copa del Mundo. Es el único futbolista que formó parte de los dos campeones mundiales. Marcó 99 goles, récord para un defensor argentino. Como entrenador, protagonizó un ciclo fundacional que recuperó a un River arruinado. Durante 1990-1994 logró el doble éxito de sacarlo campeón y potenciarlo con la promoción de brotes surgidos de su vivero como Ortega, Almeyda, Gallardo y Crespo. Fue el primer seleccionador de la era post-Maradona. El gol del holandés Bergkamp en Marsella terminó con esa positiva transición que instaló a una nueva generación en el equipo nacional.
En 1998, tenía 45 años y se le habían acabado las motivaciones deportivas. Para un ambicioso, no hay nada peor que la falta de objetivos. Regresó a River a principios de 2006, contratado por el presidente José María Aguilar. Su segunda etapa estuvo en las antípodas de la primera, sin títulos ni presencia de juveniles. El reivindica las promociones de Gonzalo Higuaín y Juan Pablo Carrizo. Hecha la concesión, el balance es desfavorable por las compras compulsivas a las que el propio Passarella llamó “jugadores falopa”. Una política compartida por aquella comisión directiva y por su empleado más importante. Su frustrante salida le activó el sensor y encontró un desafío a la altura de su ambición: ser presidente de River.
Hizo una campaña muy inteligente, con pocas palabras y muchas promesas. Hábilmente, su equipo de campaña logró que el socio identificara al candidato Rodolfo D’Onofrio como la continuidad del “aguilarato” (había mucho oficialismo en su lista). Llegó al sillón en diciembre de 2009. Su estilo es el mismo que cuando jugaba o entrenaba: personalista. No delega una sola gestión. No hay lugar para otro carácter fuerte. Por esta razón, no eligió a Ramón Díaz para reemplazar a Leo Astrada. Tras el partido ante Arsenal, Passarella le pidió al dirigente Eduardo Rabufetti (un amigo en común) que comenzara las gestiones. “Quiero asumir, pero que me llame él”, le contestó el riojano al enviado. Suficiente para el ego de Daniel. En 1991, sí lo había llamado para que volviera a jugar en River. Pero las cosas han cambiado. Como DT, Ramón lo superó con un tricampeonato, la Copa Libertadores y la promoción de Aimar, Saviola, Cavenaghi y Demichelis, entre otros. No había manera de que convivieran como en aquel año y medio de entrenador y jugador.
Descartado Díaz, que aprovechó la semana para mandar mensajes a través de la prensa, Passarella designó a Angel Cappa. El destino de Astrada estaba sellado antes del partido en Tucumán. ¿Se rompieron códigos? No. Debería admitirse que un presidente habla con otros entrenadores antes de despedir al que tiene contratado. Es la obligación de un ejecutivo contar con un plan alternativo si el vigente no funciona. Todos los protagonistas lo saben y lo aceptan. Frases como “no tenemos plan B” o “no hablo porque hay un colega trabajando” huelen a hipocresía. No hubo 12 a 0 en la votación. Passarella pretendió camuflar como una decisión unánime de la comisión directiva una determinación que él había tomado personalmente.
Cappa llegó, firmó y entrenó al equipo. Inmediatamente, les expresó a los futbolistas su vocación de enseñar y su capacidad para convencerlos de su idea. Anteanoche, River no fue el Barça de Guardiola, pero jugó los mejores treinta minutos de los últimos 18 meses. De entrada, Villagra metió un cambio de frente para Ferrari, algo que hacía mucho tiempo no se veía en el Monumental. Los dos laterales pasaban al ataque sin miedo. Los futbolistas tocaban la pelota al ras y se movían para darle al compañero una opción de pase. Los hinchas se refregaban los ojos. No podían creerlo. Ni siquiera el gol del bravo Godoy Cruz les frenó el entusiasmo. Tras el productivo ingreso de Affranchino, entró Buonanotte y armó un trío atacante sin referencias para la defensa rival junto con Gallardo y el eterno Ortega. El partido cambió. Tras 534 minutos sin goles, River hizo dos en 90 segundos y le ganó al (ex) líder. Nada mal para un estreno.
Cappa no es mago, pero logró transmitirle al equipo dos o tres conceptos básicos como punto de partida. Ahí está su capital de entrenador, en el convencimiento. Sabe que tras el Mundial de Sudáfrica, el club vivirá una situación inédita. Acostumbrado a la responsabilidad de pelear por el título, River nunca convivió con el peligro de descender. Son dos “presiones” bien distintas. Debe hacer una campaña de campeón para evitarse problemas. Necesitará seis o siete refuerzos de garantías para renovar un plantel gastado y sobredimensionado, con casi 60 contratos profesionales desperdigados por el planeta. No tiene plata. Passarella argumenta “la herencia recibida”. No le falta razón. Sin embargo, Diego Turnes, su vicepresidente, integraba la comisión fiscalizadora que le aprobó todos los balances a Aguilar. No debería haberle sorprendido el calamitoso estado de las finanzas. Al período 2001/2010, la cifra comprometida con el Banco Credicoop era de $ 21.520.400 y le debía 4.432.800 al Banco Comafi. Por una deuda de casi 350.000 pesos casi se suspende el partido contra Newell’s. River debía el importe correspondiente al servicio de policía adicional de sus últimos dos encuentros como local (Huracán y Argentinos). Sobre la hora, se llegó a un acuerdo.
El presidente se enteró de que se gastaban cerca de 300.000 pesos anuales por alquiler de transporte en el traslado de los juveniles a los entrenamientos. Consiguió cinco combis a través de un canje. Achicó del 30 al 20 el porcentaje que se les cede a los empresarios sobre los juveniles que acercan. “De los 17 millones en cheques que estaban dando vuelta, hemos pagado 9 millones. A medida que avanza el tiempo estamos mejor”, dijo el pasado martes 13 en la conferencia de prensa. Prometió millonarias inversiones en la contratación de futbolistas, pero no dio nombres por una cuestión “ética”.
En plena campaña proselitista, había anunciado que “se acababa la joda” y que no harían negociados con triangulaciones como la del Locarno. Sin embargo, la llegada del paraguayo Rojas al club se contradice con aquella proclama. La empresa Full Play le compró el 80% del pase a Olimpia y se lo entregó a préstamo a River. Previamente, lo inscribió en Fénix, de Uruguay, una operación innecesaria. El club paraguayo podría haberse quedado con los derechos federativos. Recordemos que las personas físicas y jurídicas sólo pueden tener los derechos económicos. Ante el secreto fiscal que rige en Uruguay, no se sabe cuánto dinero recibió el club por este servicio de puente.
Un ejemplo en contrario es el de Rubén Ramírez, actual delantero de Banfield. El pase del futbolista le fue adquirido a Colón por un grupo empresario, que lo colocó primero en Racing y luego en el equipo que dirige Julio Falcioni. En ambas operaciones, quien cedió los derechos federativos fue la institución de Santa Fe. Uno de los hombres fuertes de Full Play es Ricardo Cosentino, amigo de Passarella. La auditoría encargada a la consultora KPMG reveló que durante la administración Aguilar se habían pagado cosas con boletas truchas dos veces, según las palabras del presidente. Aseveró que “River era tierra de nadie” y amenazó con realizar “denuncias judiciales” en caso de que se encuentren irregularidades. Hoy es el vicepresidente primero de AFA, cuyo presidente Julio Grondona es vicepresidente de la FIFA. En el sitio oficial de la FIFA, José María Aguilar figura como integrante de la Comisión de Fútbol de Clubes. ¿Se animará a denunciarlo penalmente si la auditoría le ofrece pruebas? Si concreta su advertencia, Daniel Passarella seguirá haciendo historia.
Colaboró Matías Muzio
Fuente: CanchaLlena.com*
[/LEFT]
