Yo no soy Aguilar

[LEFT]Fue sólo un instante, pero caló hondo en los que azarosos advirtieron su presencia. La imagen impactó y, rápidamente, despertó el fastidio de varias voces cargadas de dolor. El VW Vento, patente FQN 246, estacionó en la esquina de avenida Triunvirato y la calle Nahuel Huapi. Tratando de pasar inadvertido, cubriendo su rostro con una chalina y anteojos oscuros, bajó [b]José María Aguilar[/b], el ex presidente de River más buscado por el pueblo Millonario.
De manera solitaria, enfiló hacia la puerta de la escuela pública Nº 6 Coronel Olavarría, dispuesto a cumplir con el deber cívico de votar en las elecciones porteñas. Con un libro en mano y campera color marfil entró al establecimiento tratando de negar ante PERFIL su identidad: “Yo no soy Aguilar”, respondió. Tras la insistencia admitió ser quien es y se disculpó por no querer hablar: “Perdoname, sólo vengo a votar y no doy entrevistas”.
Buscó la mesa Nº 1.046 en la que debía votar y se ubicó en la fila, esperando que llegara su turno. Recibiendo un guiño irónico del destino, detrás de él, un joven que lucía un pantalón de River lo miraba irritado, buscando una reacción que nunca llegó. Al advertir que la gente empezaba a reconocerlo, Aguilar sacó un libro para disimular los nervios y la vergüenza que le generaba ser reconocido como el máximo responsable del descenso de River. Mientras tanto, en la calle, algunos hinchas se iban agolpando, fogoneados por la bronca interminable de un hombre sexagenario.
Durante largos 15 minutos fue el centro de todas las miradas. Nervioso y tratando de no alterar a nadie con su presencia más de lo que lo había hecho, repasó rápidamente algunas páginas de la novela Astrix y Verónika de la escritora sueca Linda Olsson (ver aparte), y muy pocas veces levantó su vista hasta que le tocó el momento de entrar al cuarto oscuro. Como olvidando las culpas que carga sobre sus espaldas, saludó atentamente a las autoridades de la mesa y se introdujo en el cuarto oscuro. “Votá a Macri, hijo puta”, le endilgó un canoso nervioso, presagiando que su salida no sería nada fácil.
Una vez que emitió su voto, emprendió el retiro del recinto custodiado por cuatro gendarmes. Apurado por la situación, en la puerta de entrada, se chocó a una anciana que por el incidente lo insultó sin admitir las disculpas que Aguilar intentó pedir.
Unos metros más allá, el grupo de hinchas esperaba ansioso la salida definitiva de quien durante ochos años manejó los destinos de uno de los clubes más importantes de la Argentina. “No tenés cara, ladrón”, “sos hincha de Boca”, “mirá a dónde nos mandaste, hijo de puta” fueron algunos de los insultos que se acompañaron con una lluvia de silbidos reprobatorios. “Yo no le debo nada a nadie, es injusto que me traten así”, lanzó mientras recibía escupitajos de otro hincha herido.
La escena dolió, molestó. Fue sólo un instante, pero caló muy hondo.

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[LEFT]Fue sólo un instante, pero caló hondo en los que azarosos advirtieron su presencia. La imagen impactó y, rápidamente, despertó el fastidio de varias voces cargadas de dolor. El VW Vento, patente FQN 246, estacionó en la esquina de avenida Triunvirato y la calle Nahuel Huapi. Tratando de pasar inadvertido, cubriendo su rostro con una chalina y anteojos oscuros, bajó [b]José María Aguilar[/b], el ex presidente de River más buscado por el pueblo Millonario.
De manera solitaria, enfiló hacia la puerta de la escuela pública Nº 6 Coronel Olavarría, dispuesto a cumplir con el deber cívico de votar en las elecciones porteñas. Con un libro en mano y campera color marfil entró al establecimiento tratando de negar ante PERFIL su identidad: “Yo no soy Aguilar”, respondió. Tras la insistencia admitió ser quien es y se disculpó por no querer hablar: “Perdoname, sólo vengo a votar y no doy entrevistas”.
Buscó la mesa Nº 1.046 en la que debía votar y se ubicó en la fila, esperando que llegara su turno. Recibiendo un guiño irónico del destino, detrás de él, un joven que lucía un pantalón de River lo miraba irritado, buscando una reacción que nunca llegó. Al advertir que la gente empezaba a reconocerlo, Aguilar sacó un libro para disimular los nervios y la vergüenza que le generaba ser reconocido como el máximo responsable del descenso de River. Mientras tanto, en la calle, algunos hinchas se iban agolpando, fogoneados por la bronca interminable de un hombre sexagenario.
Durante largos 15 minutos fue el centro de todas las miradas. Nervioso y tratando de no alterar a nadie con su presencia más de lo que lo había hecho, repasó rápidamente algunas páginas de la novela Astrix y Verónika de la escritora sueca Linda Olsson (ver aparte), y muy pocas veces levantó su vista hasta que le tocó el momento de entrar al cuarto oscuro. Como olvidando las culpas que carga sobre sus espaldas, saludó atentamente a las autoridades de la mesa y se introdujo en el cuarto oscuro. “Votá a Macri, hijo puta”, le endilgó un canoso nervioso, presagiando que su salida no sería nada fácil.
Una vez que emitió su voto, emprendió el retiro del recinto custodiado por cuatro gendarmes. Apurado por la situación, en la puerta de entrada, se chocó a una anciana que por el incidente lo insultó sin admitir las disculpas que Aguilar intentó pedir.
Unos metros más allá, el grupo de hinchas esperaba ansioso la salida definitiva de quien durante ochos años manejó los destinos de uno de los clubes más importantes de la Argentina. “No tenés cara, ladrón”, “sos hincha de Boca”, “mirá a dónde nos mandaste, hijo de puta” fueron algunos de los insultos que se acompañaron con una lluvia de silbidos reprobatorios. “Yo no le debo nada a nadie, es injusto que me traten así”, lanzó mientras recibía escupitajos de otro hincha herido.
La escena dolió, molestó. Fue sólo un instante, pero caló muy hondo.

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Por que no lo boxearon todo al hijo de mil puta