Voy a jugar a ser de [MENTION=47773]Santi_pk[/MENTION]; y voy a dejar 3 perlas de Cancha Llena que son imperdibles. Acá dejo 1 (relacionadas con Krane) y voy a dejar las 2 restantes en el tema de Gallardo.
La vida de Kranevitter en la pensión de River: el pibe que no era titular y que hasta aprendió a manejar dentro del Monumental
Por Pablo Hacker | canchallena.com
A los 22 años, el volante está ante uno de los grandes torneos de su corta carrera; de Yerba Buena, Tucumán, a Yokohama, una historia de sacrificio y entrega
10.12.2015 | 00:17
17.500 kilómetros. Es la distancia entre Yerba Buena, Tucumán, y Yokohoma, Japón. Es la distancia entre la canchita de tierra que está al lado de la casa de Matías Kranevitter , donde el Nº 5 dio sus primeros pasos, y el Yokohama International Stadium, ese lugar donde todo River sueña con jugar el 20 de diciembre la final del Mundial de Clubes ante Barcelona, el escenario donde hace 13 años Brasil conseguía el pentacampeonato en el Mundial 2002 al vencer a Alemania.
17.500 kilómetros. Para desandarlos, hay que hacer un viaje de no menos de 30 horas de avión. A Kranevitter, llegar de Yerba Buena a Yokohama para intentar jugar a los 22 años el partido más importante de su corta carrera le llevó muchos más tiempo y esfuerzo. Primero, desde que empezó a jugar en el campito hasta que a los 14 años se fue a vivir a la pensión de River en Núñez, tiempos en los que la familia estaba lejos y el dinero no alcanzaba para visitar al mayor de seis hermanos, tiempos en los que Matías ni siquiera era titular en su categoría. Esfuerzo, paciencia, ganas de progresar. Todo pasó más rápido desde el debut en Primera a fines de 2012 hasta arribar a Japón, lapso en el que Kranevitter se ganó el puesto, fue campeón (local, Sudamericana, Libertadores, Recopa, Suruga Bank), lo convocaron a la selección mayor. Historia conocida.
Lo que me hace feliz !Una foto publicada por Mati Kranevitter (@mkranevitter5) el 18 de Sep de 2014 a la(s) 4:29 PDT
“Vino de Tucumán con una mano atrás y otra adelante, nadie lo recomendó”, recuerda Gabriel Rodríguez, actual coordinador de las divisiones inferiores de River y quien estaba en el mismo puesto cuando hace ocho años el Colorado pisó por primera vez el Monumental para una prueba. En Tucumán, Kranevitter había sido convocado para una selección Sub 15 y uno de esos buscadores de talentos del interior del país lo vio y le ofreció ir a probarse al club millonario.
Eran tiempos difíciles. Matías, que había jugado en las inferiores de San Martín de Tucumán, tenía que ayudar a su familia, pese a los esfuerzos de papá Claudio con el taxi y de mamá Sandra, ama de casa. Como una herencia de familia, Kranevitter, cuyo tío es el golfista César Costilla y su primo, el Pigu Romero, también se destacaba en el golf y colaboraba con su familia con el dinero que se ganaba como caddie. “Cerca de mi casa en Tucumán, hay cuatro campos de golf. Yo juego bien y tuve que elegir entre el fútbol y el golf. A los 12 años, iba al colegio a la mañana, a la tarde trabajaba como caddie y a partir de las 6 practicaba fútbol. No paraba. Me pagaban 15 pesos, de los cuales le daba 10 a mi mamá”, recuerda el Colorado.
“Vino con el padre, como uno cualquiera. Lo vimos, lo citamos para una segunda práctica y lo mandamos a fichar. Desde ese momento, tenía una condición de entrega, sacrificio y lucha notable”, explica Gabriel Rodríguez. Comenzaba una nueva vida para Kranevitter. De la cancha polvorienta a las luces del Monumental y a vivir en Buenos Aires, un mundo desconocido.
“Él tuvo que ir a una pensión a la edad en que muchos chicos están empezando a salir. Vivía con 100 jóvenes que peleaban por el mismo sueño”, relata su padre, Claudio. Matías también recuerda aquellos tiempos. Incluso todavía vivía en la pensión de River cuando debutó en Primera, el 2 de diciembre de 2012 ante Lanús en el Monumental. “Es una situación muy compleja para toda persona. Éramos muchos chicos del interior y estábamos solos. Mi familia se quedó en Tucumán. Cuando podían, me iban a visitar. Los veía muy poco. Pero igual tengo un buen recuerdo de esa etapa. Me adapté rápido”, explicaba Kranevitter en una entrevista con El Gráfico.
Casa ???#lindoscuadros!!!Una foto publicada por Mati Kranevitter (@mkranevitter5) el 17 de Abr de 2015 a la(s) 4:08 PDT
Kranevitter es el reloj del River de Gallardo, el equilibrista, el hombre que hasta puede afrontar solo la batalla del mediocampo. Cada vez que falta, el Muñeco lo extraña a ese futbolista que lleva el ADN de los cincos millonarios en esa línea sucesoria que va de Mostaza Merlo, Leonardo Astrada y Matías Almeyda a Javier Mascherano. Sin embargo, en inferiores, Matías muchas veces no jugaba, principalmente en el inicio de sus días en Núñez, en octava y séptima división. “En esa categoría (la '93) había dos Nº 5 de excepción, Facundo Quignon (actualmente en San Lorenzo) e Iván Díaz (en el fútbol de Chipre). Matías era suplente y yo le decía que tuviera paciencia y confianza, que ya iba a tener su oportunidad”, se acuerda Gabriel Rodríguez.
Alejandro Montenegro, ex campeón del mundo con River y actualmente DT en las inferiores, dirigió a Kranevitter en séptima división. “Siempre fue un gran profesional, un buen chico, que la peleó desde atrás, porque en buena parte de las inferiores fue suplente, como en aquel equipo. Tenía 16 años. Era un buen pasador, muy combativo, muy buen compañero. No había que hablarle mucho para que entendiera todo. No pudo jugar mucho ese año porque tenía a Quignon por delante, pero nunca se daba por vencido, era el primero a la hora de entrenarse y esforzarse”, explica aquel Nº3 millonario, recordado por un gol a Boca en un superclásico en el Monumental en 1985.
Gabriel Rodríguez busca en su archivo una foto. Allí un joven Kranevitter celebra con sus compañeros en el vestuario. También aparece en la imagen un tal Erik Lamela. “Ninguno de los dos jugaba y apoyaban siempre. Eso no pasa con todos los chicos”, acota el descubridor de varios de los talentos que brillaron en River y sentencia: “Matías es un ejemplo al sacrificio, un monumento. Siempre disciplinado y callado. A partir de sexta empezó a jugar. Era un chico dócil, de excelente carácter, siempre sonreía. Acataba todo tipo de indicaciones al pie de la letra. Era un profesional en miniatura, no me sorprende nada. Con el tiempo es difícil establecer la evolución de un jugador. Hay desarrollo físico, cambio de mentalidad. Kranevitter se mantuvo a la expectativa de la situación. Siempre apoyando y tratando de progresar. Se encontró en el momento justo y lo aprovechó. Hoy vive la realidad que se merece”.
La libertadores es nuestra ???Una foto publicada por Mati Kranevitter (@mkranevitter5) el 5 de Ago de 2015 a la(s) 9:09 PDT
PENSIONADO
Una tarde, Kranevitter, que ya jugaba en la Primera de River, caminaba por avenida del Libertador cerca del Monumental y frenó en una panadería. Pidió cinco docenas de facturas. “¿Qué vas a hacer con tantas medialunas?, Tucu, mirá que el domingo no vas a poder ni correr”, le dijo alguien que lo conoce bien y cuenta la anécdota. “Son para los pibes de la pensión. Paso un rato, tomo unos mates con ellos y les llevo algo para comer”, respondió.
“Quiero vivir del fútbol. Pero no en cualquier club, en River, que me dio todo: educación, alimentación y un lugar donde vivir. Por eso voy a dejar la vida por esta camiseta”, decía Kranevitter hace tres años y medio en una entrevista con La Gaceta de Tucumán
En esa pensión, el Colorado vivió solo desde los 14 años, a cientos de kilómetros de la familia. Se hizo querer y lo obligó a madurar más rápido y también a compartir tiempo con otros jóvenes y la gente del club. Matías hasta aprendió a manejar dentro del Monumental, donde le enseñaron los lineamientos principales para sacar el registro. No fue en las calles aledañas, sino dentro del estadio. “Un día estábamos aburridos con Tito (el encargado de la pensión) y Morales, el seguridad. Les dije que me enseñaran a manejar”, se ríe el Colorado. “Nos fuimos al estacionamiento de River a esquivar las columnas, le pasaba finito. Ahora, cuando tiene un huequito, viene siempre a tomar unos mates”, lo describe Tito en un video institucional de River. Recién en 2013 se compró su primer auto.
“Sos la fuerza y la alegría de mi vida, mamá”, dice el primer tatuaje que tuvo en su cuerpo para no extrañar a su madre, Sandra, cuando está lejos. El segundo, una cruz, se lo hizo cuando debutó en Primera. “Era una promesa si llegaba. Dios me ayudó mucho en la confianza para salir adelante en los momentos duros”.
Admirador de Redondo, Mascherano y Schweinsteiger, cuando el ciclo Gallardo empezaba en River, Kranevitter decía que se conformaba con ser la mitad de lo que fueron en Núñez Astrada, Almeyda y Masche. El objetivo lo superó con creces con esfuerzo, sacrificio y talento, ese ADN que forjó en Yerba Buena, esas premisas que lleva a Japón para su última función con la camiseta de River al menos por un tiempo antes de irse a Atlético Madrid en enero, donde ya fue vendido por 8 millones de euros porque al largo viaje de Kranevitter aún le quedan muchas más escalas.
Algo personal. Matías Kranevitter nació el 21 de mayo de 1993 en Yerba Buena, Tucumán. Empezó su carrera en las inferiores de San Martín, pero debió dejar porque su padre no tenía dinero para pagar la cuota del club. Entonces, se fue a jugar a Unión Aconquija. Allí fue convocado a una selección Sub 15 de Tucumán y un hombre que lo vio le ofreció ir a probarse a River. Con 14 años, vino a Buenos Aires a una prueba con otros 100 chicos del interior y quedó en las inferiores. Le dieron alojamiento en la pensión de los millonarios en el Monumental. Su debut en Primera fue el 2 de diciembre de 2012 al ingresar en un triunfo de River por 1 a 0 ante Lanús como local. Ese día estaba como DT interino Gustavo Zapata. El Colorado fue ganando lugar en el plantel y fue protagonista en el equipo de los últimos años, que se adjudicó el torneo Final 2014, la Copa Sudamericana 2014, la Recopa 2015, la Libertadores 2015 y la Suruga Bank 2015.