La mina honrada es la que cosecha en el campo bajo el sol inclemente. Es la que limpia oficinas cuando todos se han ido. Es la enfermera del turno nocturno, la maestra que paga materiales de su bolsillo, la vendedora ambulante, la programadora que lucha contra el síndrome del impostor en salas llenas de hombres, la activista que arriesga su seguridad por las demás.
Es honrada no porque cumpla con expectativas ajenas de moralidad, sino porque enfrenta un sistema que le exige el doble para recibir la mitad. Porque trabaja dentro y fuera de casa, porque sostiene economías enteras con trabajos precarizados, porque su labor de cuidados nunca aparece en ningún PIB.
Y cuando esta mujer decide luchar por sus ideales, cuando alza la voz, cuando exige igualdad salarial, autonomía sobre su cuerpo, el fin de la violencia, o simplemente respeto, se le llama problemática. Complicada. Amargada.
Pero la mina honrada ya no pide permiso para existir plenamente. Ya no acepta que su decencia se mida por su silencio.
Porque ser trabajadora y feminista no es una contradicción. Es una necesidad.




