El punto G
Astrada tiene a un jugador fetiche llamado Gallardo: es el único de los titulares que gritó ante Boca y el que llegará a los 300 partidos. gritó
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Gallardo es el número 11. Porque River es Gallardo y diez más. Bastardeada hasta el paroxismo por otros entrenadores, esa máxima adquiere un sentido literal cuando se habla de Astrada, del Muñeco y de Boca. Gallardo es para Astrada en los superclásicos lo que el punto G al sexo tántrico. O sea, la esencia misma. El Jefe lo utilizó como enganche en cinco de sus seis partidos oficiales. Marcelo, sus manos y sus uñas no le dieron opción en el restante.
Y Gallardo, además, es él y diez más por razones menos fetichistas. Entre los posibles titulares para el partido del domingo, tiene la exclusiva potestad de tener goles oficiales frente a Boca. Su primer grito fue de penal, en el antológico 3-0 del Apertura 94. Para los otros no es necesario desempolvar el archivo. Aparecen ahí nomás: tiro libre en el Clausura 09 y otro ídem en el Apertura del mismo año. Es cierto que ahora no está Abbondanzieri para dejar liberada la zona de su palo ni para generar cierto morbo tremendista ante una posible falta cerca del área de la tercera bandeja. Pero sí está el Muñeco, un tipo que cumplirá en la Bombonera su partido ¡300! con la camiseta de River. Ni el mejor biógrafo se hubiera imaginado semejante designio numérico.
No es la historia solamente la que incluye a Gallardo en el plan G de Astrada. También, su presente, pese a ciertas vacilaciones físicas. Es difícil encontrar un jugador con el talento y el talante del Muñeco. Y menos aun en el River que germinó el aguilarismo.
Astrada tiene tres muletillas inalterables en la vigilia de los superclásicos. Una es, como se dijo, disponer de su jugador fetiche. La otra es sorprender con alguna carta en la formación. La tercera es utilizar una suerte de doble cinco (Mascherano-Husaín, Mascherano-Zapata, Almeyda-Domingo y, para la ocasión, Almeyda-Ahumada). Y la última es imaginar las alternativas del juego predisponiendo a su equipo para el contraataque.
En ese sentido también es funcional la presencia de Gallardo como la de su botín derecho. De ahí puede surgir el pelotazo o el cambio de frente para romper por el vacío y explotar las diagonales de los puntas. Y de ahí es posible pensar en la pausa necesaria para cuando River necesite descansar con la posesión.
Ahora bien, ¿podrá el Muñeco conectar líneas sin la contención de un equipo bien escalonado? ¿Le será fácil desequilibrar sin los desmarques ajenos? No. Astrada, amén de su pretensión de incluir (o no) al inactivo Cabral para ganar vigor defensivo, tiene el mayor caudal de dudas en el armado del bloque ofensivo. La disyuntiva parece ser la siguiente: volantes externos -Rojas y Pereyra- para abrir todavía más a la lánguida defensa de los 18 goles en contra vs. la ratificación del doble 9 que ya se impuso en los últimos dos partidos y que obligaría a Boca a alargarse.
Lo que no aparece en las hipotéticas canchitas es que el del domingo es un superclásico digestivo. River se acostumbró a tragar ídolos. Astrada lo sabe. Gallardo, también. Motivos suficientes para que el punto G estimule un triunfo.