El hincha

“Boca que haga lo que quiera, para mí es como un equipo de otro país”, me dice Rubén. Pediatra alergista de 55 años, Rubén sigue yendo a la cancha, pero todavía no hizo el duelo del descenso porque el “26-J”, como le dice al día fatal, no lloró para poder contener el llanto de su hijo. Les pregunto a otros dos amigos hinchas de River cómo vivirán este fin de semana. “Sigo envuelto en una depresión futbolera que nunca viví en mis 53 años. Desde el partido contra Belgrano nunca más volví a ver a River, no leo ni escucho nada, salteo las secciones de deportes de los diarios, así que este fin de semana, simplemente, volveré a abstraerme de fútbol”, me contesta Jorge, periodista. Marcos, también periodista, me frena al segundo: “Este año, en el plano futbolístico, no existe. Boca, Boca Unidos, Simeone, Messi, nada califica. Volveré a hablar de fútbol cuando River vuelva”. Al escritor Martín Caparrós, autor del libro Boquita , el diario catalán Avui le preguntó hace unos días “qué pasa cuando pasa eso que ni siquiera supimos soñar”. Boca campeón y River en la B. “Bueno -respondió Caparrós-, descubrimos que lo que sospechábamos era cierto: lo incapaces que somos a la hora de los sueños.”

Andrés Burgo tampoco imaginaba que su querido River finalizaría en la B cuando el 16 de agosto de 2010 firmó contrato con Editorial Sudamericana. Diario del hincha , título genérico del libro, planeaba una crónica de la temporada. Fue a 38 de los 40 partidos. El campeonato terminó siendo fatal. Y Burgo, experimentado periodista de 37 años, renunció al proyecto. Se rehízo. Lloró mientras escribía. Pero jamás se imaginó que el libro, que estará saliendo mañana, terminaría publicándose dos días antes de la posible coronación de Boca. Con River en el Nacional B. Jugando contra un club correntino fundado en 1927 por jóvenes unidos en una de las bocas de tormenta de desagües del Barrio Camba Cuá. Boca Unidos se llama el club. El libro de Burgo pasó a llamarse Ser de River . Y la portada, cruzada por una banda roja, agrega en letras más pequeñas: “En las buenas y en las malas”. “Es insólito”, me dice Burgo. “Sé que algunos me criticarán, pero lo escribí igual con la intención de reflejar qué es un equipo para nosotros, cómo se mete el fútbol en nuestras vidas. Basta de barras, escribir sobre el hincha, sobre nosotros. Volver a ser hincha de tribuna -sigue Burgo- fue un gran redescubrimiento. Lo que pasó fue una cagada, pero ser hincha es maravilloso. No nos damos cuenta de lo que perdimos al haber dejado de ir a ver a nuestros equipos.”

“¿Cuál es la fecha fundacional de nuestra desgracia? ¿El 1° de septiembre de 1971, cuando José María Aguilar tenía 10 años y se hizo socio de River?”, comienza preguntándose el Burgo-hincha. Responde el Burgo-periodista, que enumera la compra de 97 jugadores en ocho años y cuenta de qué modo el Aguilar de trato humanitario y discurso “progre” y agudo, que reclamaba cambios en la AFA, terminó absorbido por Julio Grondona, contratando barrabravas y periodistas, con 130 kilos de peso y un club en descontrol, como ese símbolo del tractor escondido para alquilar otro, a 25.000 pesos diarios. Una pequeñez, claro, comparado con los negocios de triangulación para la venta de jugadores con el club suizo Locarno. Acaso en el Locarno podría haber terminado Messi, dice Burgo. Ni eso. Messi no fue aceptado la tarde de 2000 en la que fue a probarse a River. Aprobaron a su amigo rosarino al que Leo le servía todos los goles, un tal Giménez que nunca llegó a debutar en Primera. “Les dije que era una mezcla de Sívori con Maradona, pero no hubo caso”, contó Federico Vairo antes de morir. Pero lo vieron chiquito, no había lugar en la pensión y, además, sugirió Vairo, la prioridad para colocar jugadores desde Rosario ya tenía dueño.

El Burgo-periodista también apunta contra Daniel Passarella. El sucesor de Aguilar “no dirige, reina”. Termina adjudicándole la responsabilidad principal en la recta final. Por realizar una auditoría a medias. Y por ser DT en las sombras y apuntar contra Grondona en el peor momento. El presidente de la AFA, claro, tampoco se salva. El Burgo-periodista sabe cuál es el método que lo ayudó a mantenerse 32 años en el trono. “Una malaria asistida y una solidaridad provocada. Cuando ya estás deshidratado te da un vaso de agua. El mejor audio para el estadio. Los mejores obreros, los mejores presupuestos. Los mejores adelantos de dinero. Los árbitros más confiables. Las mejores transgresiones al reglamento. Todos le deben un favor.” Burgo cita una larga lista de “casualidades permanentes”, pero no profundiza sobre si un eventual complot mandó a River a la B. “¿Vos sabés qué pasó, porque nosotros sabemos que el Gobierno y Grondona dieron órdenes de que no se cayera?”, me preguntó hace poco un funcionario importante de un canal de TV. Rubén, el amigo médico del comienzo, enojado porque desde hace algunas fechas los barras no lo dejan siquiera insultar a jugadores y mucho menos a Passarella, exige una fotografía de la cicatriz posoperatoria de la apendicitis que a último momento impidió a Héctor Baldassi dirigir el clásico de la derrota contra Boca, clave en el inicio de la caída. “No nos vamos al descenso y ganamos el campeonato económico”, me cuenta Rubén que se justificó un dirigente de Passarella, al explicarle por qué no habría fichajes importantes antes del desastre. “Y yo le dije: «Avisame dónde se da esa vuelta olímpica, porque todavía nadie lo festejó»”.

Burgo, cuya gata se llama Enzo (Francescoli) y su pez, Matías (Almeyda), no investigó complots porque el periodista eligió darle lugar al hincha. El viaje a Mendoza, faltando al trabajo y con novia enojada, en un desvencijado Corsa modelo 97, sin dinero porque coimeó a un policía que quiso multarlo, y con el motor en crisis, obligado a parar cada 200 kilómetros para poner aceite, pasando por Chacabuco-Passarella, Tres Sargentos-Pavone, Teodelina-Buonanotte y Rufino-Bernabé Ferreira y Amadeo Carrizo. Con el auto fundido a la semana, pero a tiempo para el partido contra Godoy Cruz, inspirado en la resistencia del Pelado Almeyda. Parado al lado de otros que viajaron desde Catamarca y Santa Fe. O que cruzaron la Cordillera. “Los hinchas exigimos en proporción a lo que hacemos”, escribe Burgo. Su relato, y las fotos del libro, que exhiben hinchas, no barras, no comulgan con Los Borrachos del Tablón. Pero Burgo cree que “el hinchar por la hinchada, ese narcisismo, ese enamoramiento de nuestro amor por nosotros mismos, es la recompensa cuando el aliento al equipo resulta inútil”. Y confiesa que, cuando River ya era el Titanic, pensó en que había que sobornar a Pezzotta, coimear al Bichi Fuertes. Y que a él también le hubiese “encantado” entrar en la cancha en Córdoba, en la ida contra Belgrano, para decirles a los jugadores “¡Qué carajo les pasa, nos están mandando a la B, hagan algo!”.

Al padre de Burgo, cuyo carné como socio de River abre el libro, le detectaron un linfoma cuatro días después de la derrota contra Boca. Andrés lo acompañó al hospital pendiente de Argentinos-Olimpo, porque River quedaba en la Promoción. Burgo cuenta que no paró de llorar por su padre. Pero confiesa que en otra de las tantas idas al hospital “pensaba en una sola cosa: cómo podía ser que Jota Jota no pusiera a Pavone”. De tan acostumbrado a las emergencias, Burgo llegó a escribir en la ambulancia. A esa altura, con sus amigos no cambiaba SMS. Eran SOS. No eran hinchas, sino mártires. “Éramos un grupo de autoayuda.” “Haber resistido desde la trinchera junto a River”, escribe Burgo, le permitió revisarse “ya no como hincha, sino como persona”. Y cuenta sobre el final que luchaba por River mientras luchaba por su padre, que se repone siempre. “Ver sus continuas resurrecciones fue el último impulso vital que encontré para escribir este libro”, dice Burgo. Ser de River , una formidable declaración de amor al fútbol, nos habla de pasiones y obsesiones. Sin explicarlas, pero dando pistas. “La primera de ellas -dice el sociólogo Rodrigo Daskal, al elogiar el libro-, que escribir sobre el dolor es una primera forma de comprenderlo.” Aun cuando River esté en la B. Y Boca sea casi campeón.

Esta es una nota publicada por Ezquiel Fernandez Moore en Cancha Llena hoy, es un tanto larga pero creo que nos representa.

Un abrazo.

“Boca que haga lo que quiera, para mí es como un equipo de otro país”, me dice Rubén. Pediatra alergista de 55 años, Rubén sigue yendo a la cancha, pero todavía no hizo el duelo del descenso porque el “26-J”, como le dice al día fatal, no lloró para poder contener el llanto de su hijo. Les pregunto a otros dos amigos hinchas de River cómo vivirán este fin de semana. “Sigo envuelto en una depresión futbolera que nunca viví en mis 53 años. Desde el partido contra Belgrano nunca más volví a ver a River, no leo ni escucho nada, salteo las secciones de deportes de los diarios, así que este fin de semana, simplemente, volveré a abstraerme de fútbol”, me contesta Jorge, periodista. Marcos, también periodista, me frena al segundo: “Este año, en el plano futbolístico, no existe. Boca, Boca Unidos, Simeone, Messi, nada califica. Volveré a hablar de fútbol cuando River vuelva”. Al escritor Martín Caparrós, autor del libro Boquita , el diario catalán Avui le preguntó hace unos días “qué pasa cuando pasa eso que ni siquiera supimos soñar”. Boca campeón y River en la B. “Bueno -respondió Caparrós-, descubrimos que lo que sospechábamos era cierto: lo incapaces que somos a la hora de los sueños.”

Andrés Burgo tampoco imaginaba que su querido River finalizaría en la B cuando el 16 de agosto de 2010 firmó contrato con Editorial Sudamericana. Diario del hincha , título genérico del libro, planeaba una crónica de la temporada. Fue a 38 de los 40 partidos. El campeonato terminó siendo fatal. Y Burgo, experimentado periodista de 37 años, renunció al proyecto. Se rehízo. Lloró mientras escribía. Pero jamás se imaginó que el libro, que estará saliendo mañana, terminaría publicándose dos días antes de la posible coronación de Boca. Con River en el Nacional B. Jugando contra un club correntino fundado en 1927 por jóvenes unidos en una de las bocas de tormenta de desagües del Barrio Camba Cuá. Boca Unidos se llama el club. El libro de Burgo pasó a llamarse Ser de River . Y la portada, cruzada por una banda roja, agrega en letras más pequeñas: “En las buenas y en las malas”. “Es insólito”, me dice Burgo. “Sé que algunos me criticarán, pero lo escribí igual con la intención de reflejar qué es un equipo para nosotros, cómo se mete el fútbol en nuestras vidas. Basta de barras, escribir sobre el hincha, sobre nosotros. Volver a ser hincha de tribuna -sigue Burgo- fue un gran redescubrimiento. Lo que pasó fue una cagada, pero ser hincha es maravilloso. No nos damos cuenta de lo que perdimos al haber dejado de ir a ver a nuestros equipos.”

“¿Cuál es la fecha fundacional de nuestra desgracia? ¿El 1° de septiembre de 1971, cuando José María Aguilar tenía 10 años y se hizo socio de River?”, comienza preguntándose el Burgo-hincha. Responde el Burgo-periodista, que enumera la compra de 97 jugadores en ocho años y cuenta de qué modo el Aguilar de trato humanitario y discurso “progre” y agudo, que reclamaba cambios en la AFA, terminó absorbido por Julio Grondona, contratando barrabravas y periodistas, con 130 kilos de peso y un club en descontrol, como ese símbolo del tractor escondido para alquilar otro, a 25.000 pesos diarios. Una pequeñez, claro, comparado con los negocios de triangulación para la venta de jugadores con el club suizo Locarno. Acaso en el Locarno podría haber terminado Messi, dice Burgo. Ni eso. Messi no fue aceptado la tarde de 2000 en la que fue a probarse a River. Aprobaron a su amigo rosarino al que Leo le servía todos los goles, un tal Giménez que nunca llegó a debutar en Primera. “Les dije que era una mezcla de Sívori con Maradona, pero no hubo caso”, contó Federico Vairo antes de morir. Pero lo vieron chiquito, no había lugar en la pensión y, además, sugirió Vairo, la prioridad para colocar jugadores desde Rosario ya tenía dueño.

El Burgo-periodista también apunta contra Daniel Passarella. El sucesor de Aguilar “no dirige, reina”. Termina adjudicándole la responsabilidad principal en la recta final. Por realizar una auditoría a medias. Y por ser DT en las sombras y apuntar contra Grondona en el peor momento. El presidente de la AFA, claro, tampoco se salva. El Burgo-periodista sabe cuál es el método que lo ayudó a mantenerse 32 años en el trono. “Una malaria asistida y una solidaridad provocada. Cuando ya estás deshidratado te da un vaso de agua. El mejor audio para el estadio. Los mejores obreros, los mejores presupuestos. Los mejores adelantos de dinero. Los árbitros más confiables. Las mejores transgresiones al reglamento. Todos le deben un favor.” Burgo cita una larga lista de “casualidades permanentes”, pero no profundiza sobre si un eventual complot mandó a River a la B. “¿Vos sabés qué pasó, porque nosotros sabemos que el Gobierno y Grondona dieron órdenes de que no se cayera?”, me preguntó hace poco un funcionario importante de un canal de TV. Rubén, el amigo médico del comienzo, enojado porque desde hace algunas fechas los barras no lo dejan siquiera insultar a jugadores y mucho menos a Passarella, exige una fotografía de la cicatriz posoperatoria de la apendicitis que a último momento impidió a Héctor Baldassi dirigir el clásico de la derrota contra Boca, clave en el inicio de la caída. “No nos vamos al descenso y ganamos el campeonato económico”, me cuenta Rubén que se justificó un dirigente de Passarella, al explicarle por qué no habría fichajes importantes antes del desastre. “Y yo le dije: «Avisame dónde se da esa vuelta olímpica, porque todavía nadie lo festejó»”.

Burgo, cuya gata se llama Enzo (Francescoli) y su pez, Matías (Almeyda), no investigó complots porque el periodista eligió darle lugar al hincha. El viaje a Mendoza, faltando al trabajo y con novia enojada, en un desvencijado Corsa modelo 97, sin dinero porque coimeó a un policía que quiso multarlo, y con el motor en crisis, obligado a parar cada 200 kilómetros para poner aceite, pasando por Chacabuco-Passarella, Tres Sargentos-Pavone, Teodelina-Buonanotte y Rufino-Bernabé Ferreira y Amadeo Carrizo. Con el auto fundido a la semana, pero a tiempo para el partido contra Godoy Cruz, inspirado en la resistencia del Pelado Almeyda. Parado al lado de otros que viajaron desde Catamarca y Santa Fe. O que cruzaron la Cordillera. “Los hinchas exigimos en proporción a lo que hacemos”, escribe Burgo. Su relato, y las fotos del libro, que exhiben hinchas, no barras, no comulgan con Los Borrachos del Tablón. Pero Burgo cree que “el hinchar por la hinchada, ese narcisismo, ese enamoramiento de nuestro amor por nosotros mismos, es la recompensa cuando el aliento al equipo resulta inútil”. Y confiesa que, cuando River ya era el Titanic, pensó en que había que sobornar a Pezzotta, coimear al Bichi Fuertes. Y que a él también le hubiese “encantado” entrar en la cancha en Córdoba, en la ida contra Belgrano, para decirles a los jugadores “¡Qué carajo les pasa, nos están mandando a la B, hagan algo!”.

Al padre de Burgo, cuyo carné como socio de River abre el libro, le detectaron un linfoma cuatro días después de la derrota contra Boca. Andrés lo acompañó al hospital pendiente de Argentinos-Olimpo, porque River quedaba en la Promoción. Burgo cuenta que no paró de llorar por su padre. Pero confiesa que en otra de las tantas idas al hospital “pensaba en una sola cosa: cómo podía ser que Jota Jota no pusiera a Pavone”. De tan acostumbrado a las emergencias, Burgo llegó a escribir en la ambulancia. A esa altura, con sus amigos no cambiaba SMS. Eran SOS. No eran hinchas, sino mártires. “Éramos un grupo de autoayuda.” “Haber resistido desde la trinchera junto a River”, escribe Burgo, le permitió revisarse “ya no como hincha, sino como persona”. Y cuenta sobre el final que luchaba por River mientras luchaba por su padre, que se repone siempre. “Ver sus continuas resurrecciones fue el último impulso vital que encontré para escribir este libro”, dice Burgo. Ser de River , una formidable declaración de amor al fútbol, nos habla de pasiones y obsesiones. Sin explicarlas, pero dando pistas. “La primera de ellas -dice el sociólogo Rodrigo Daskal, al elogiar el libro-, que escribir sobre el dolor es una primera forma de comprenderlo.” Aun cuando River esté en la B. Y Boca sea casi campeón.

Esta es una nota publicada por Ezquiel Fernandez Moore en Cancha Llena hoy, es un tanto larga pero creo que nos representa.

Un abrazo.

no hay palabras. soberbio.

lástima que BURGO no se dedicó a investigar el complot.
Alguna vez, alguien lo hará. Y nosotros desde nuestros geriatricos, con la baba como estalagmita, esbozarémos un leve gesto, que solo entenderá el cielo.