El alma del superclásico está en riesgo

Estaba leyendo esta nota en ole, y estoy muy de acuerdo, leanla y opinen:

“No hay un partido igual en el mundo”. La frase que Juan Román Riquelme le dijo a Olé representa cabalmente el sentimiento de todos los jugadores que alguna vez —aunque sea una— se pusieron la camiseta de Boca o de River para jugar el superclásico. Tan groso, estelar y único es que en una encuesta hecha hace unos años en Inglaterra fue señalado como uno de los 50 eventos mundiales que uno debería ver, en la Bombonera, antes de morir.
¿Qué es lo que convierte al superclásico en un hecho inigualable? No es muy difícil de adivinar: la pasión futbolera de los hinchas, esa puesta en escena digna de una producción de Hollywood, que hace que el espectáculo, de a ratos, se traslade a las tribunas. Claro que esa magia es producto de la química del duelo de hinchadas. Folclore, mística, rituales, códigos tribuneros se ponen en juego cuando enfrente está el rival. Si no hay nadie, entonces, el encanto se rompe casi naturalmente. Ya nada tiene gracia.
Eso deberían saberlo mejor que nadie los dirigentes, quienes presos de los necesarios operativos de seguridad y de cierta demagogia mal entendida terminan quitándole al superclásico la condición de tal.
La determinación pionera de Boca de reducir el espacio a los visitantes toma mayor relevancia en este caso. Apenas 2.600 entradas fueron puestas a la venta, por vía telefónica, para los de River. Desaparecieron en menos de media hora y miles de fanáticos se quedaron sin ese pasaporte a la felicidad que es una entrada.
El espíritu del Boca-River está en riesgo. Un superclásico con una sola hinchada (o mayoría abrumadora) está muy cerca de perder el alma para siempre. Sólo es cuestión que los organizadores se den cuenta a tiempo.

http://www.ole.clarin.com/notas/2007/04/11/01397406.html

Saludos

Estaba leyendo esta nota en ole, y estoy muy de acuerdo, leanla y opinen:

“No hay un partido igual en el mundo”. La frase que Juan Román Riquelme le dijo a Olé representa cabalmente el sentimiento de todos los jugadores que alguna vez —aunque sea una— se pusieron la camiseta de Boca o de River para jugar el superclásico. Tan groso, estelar y único es que en una encuesta hecha hace unos años en Inglaterra fue señalado como uno de los 50 eventos mundiales que uno debería ver, en la Bombonera, antes de morir.
¿Qué es lo que convierte al superclásico en un hecho inigualable? No es muy difícil de adivinar: la pasión futbolera de los hinchas, esa puesta en escena digna de una producción de Hollywood, que hace que el espectáculo, de a ratos, se traslade a las tribunas. Claro que esa magia es producto de la química del duelo de hinchadas. Folclore, mística, rituales, códigos tribuneros se ponen en juego cuando enfrente está el rival. Si no hay nadie, entonces, el encanto se rompe casi naturalmente. Ya nada tiene gracia.
Eso deberían saberlo mejor que nadie los dirigentes, quienes presos de los necesarios operativos de seguridad y de cierta demagogia mal entendida terminan quitándole al superclásico la condición de tal.
La determinación pionera de Boca de reducir el espacio a los visitantes toma mayor relevancia en este caso. Apenas 2.600 entradas fueron puestas a la venta, por vía telefónica, para los de River. Desaparecieron en menos de media hora y miles de fanáticos se quedaron sin ese pasaporte a la felicidad que es una entrada.
El espíritu del Boca-River está en riesgo. Un superclásico con una sola hinchada (o mayoría abrumadora) está muy cerca de perder el alma para siempre. Sólo es cuestión que los organizadores se den cuenta a tiempo.

Saludos