El muro
Juan Pablo Carrizo construyó una actuación monumental. El arquero neutralizó en forma brillante jugadas netas para convertir y sobre el final hizo valer sus reflejos para salvar el empate.
La consagración no es una categoría a la que se accede en un corto tiempo. Y tampoco un rótulo que en lugar en potenciar las cualidades de un futbolista terminan por agobiar al destinatario de semejante definición (la de consagrado, claro), especialmente cuando la titularidad es reciente y la edad asoma como un dato clave para tener en cuenta. No se es crack por algunos partidos o un par de torneos. Hay que sumar minutos al máximo nivel y mantenerse en la cresta después, lo más difícil.
Pero están los exámenes que establecen tendencias sobre la calidad de los futbolistas. Y esas pruebas hay que superarlas con eficiencia, con solidez, temperamento, personalidad. Un Superclásico es un partido ideal para perfilar presente y futuro de los más jóvenes. Porque se juega bajo presión, con millones de ojos observando cada maniobra, acción, un buen pase, un gol y las atajadas. Se miden minuciosamente, el talento, el despliegue, la capacidad para resolver situaciones límites. Y en ese escenario; caliente, tenso, emotivo, vibrante, fue indiscutible que Juan Pablo Carrizo se abrió con méritos propios la puerta para iniciar el camino hacia la consagración.
El joven Carrizo, entonces, aprobó su mayor desafío. Cumplió una tarea impecable. No se achicó por el rápido gol de Ledesma y exhibió las cualidades que pueden empezar a ubicarlo en la línea de los mejores exponentes de su puesto. En el imaginario duelo personal (porque Palacio no es un enemigo de Carrizo, sino un rival e inclusive compañero en la Selección) se impuso con la solvencia que le otorgaron su rapidez para intuir la jugada y la calidad para tapar con su humanidad los posibles resquicios que buscó el delantero. Fueron todas contenciones espectaculares, con estilo, impresionantes. En su seguridad, sin dudas, consiguió River rescatar un punto de la Bombonera; si Carrizo no hubiese estado tan brillante como lúcido, otro pudo ser el resultado en el primer tiempo.
Y al final, con reflejos extraordinarios impidió que Boca festejara. Ese acto para levantar su pie derecho, desviar la pelota y evitar la caída, fue magistral. El fútbol argentino, bendito fútbol, vapuleado fútbol, sigue produciendo asombros. Juan Pablo Carrizo es uno de ellos. Por suerte.