Todo comenzó alla por abril, con una miserable decisión. El mísero Daniel Passarella, culpable número uno de nuestras actuales miserias, le encomendó a Cappa la misión de ser el restaurador del caos, el comandante de un Titanic que ya había chocado contra el iceberg hacía un buen rato. Fue indudablemente una decisión muy miserable, por lo mezquina, por lo caprichosa, por lo pobre, por lo infeliz de la misma. Passarella fue mísero porque apostó a menos de lo que podía apostar, porque buscó el protagonismo de una supuesta salvación, porque se obnubiló en los mares de su egocentrismo. Jugó con fuego, y si, se quemó hasta el último hueso del dedo meñique. Desde aquel día hasta hoy atentó trágicamente con la suerte de River.
El mísero y miserable Angel Cappa, culpable de casi todas nuestras miserias futbolísticas, asumió el desafío con un discurso alentador y un arranque esperanzador. Fue mísero por sus pocas capacidades intelectuales y técnicas para asumir el desafío. Fue miserable por que vivió en una pobreza extrema de convicciones. Pudo evidenciar atisbos de una identidad que solamente en los 4 primeros partidos de los 18 disputados oficiales. Aquel 1-5 con Tigre encendía alguna alarma pero el receso nos llamaba a la reflexión y a la calma, y nos hacía creer que quizás aquel traspié solo podía a ser una excepción y no una constante.
Le reforzaron el plantel más que dignamente y le dieron tiempo de trabajo con casi la totalidad del mismo como a ningún otro DT en los últimos tiempos. Comenzó el Apertura con solidez defensiva y eficacia ofensiva, dos aspectos no menores dignos de destacar en su momento. Hoy en día podemos afirmar que aquel fue el momento donde estábamos en la cima del tobogán, de allí en más todo fue caída libre. Cuando el equipó debía comenzar a engranar y a poner segunda, nos encontramos con que había puesto reversa para nunca más avanzar.
De todas maneras, no debemos ser injustos en marcar que por miserables decisiones arbitrales y por la mísera falta de fortuna o de puntería también Cappa tuvo que lamentar situaciones miserables, independientemente de sus flojas y desacertadas decisiones. Y, por supuesto, las miserables actuaciones individuales de algunos jugadores también atentaron y mucho contra el progreso de este proceso. Algunos porque no estuvieron a la altura, otros porque no les da la talla. Un Ortega que se arrastra, un Buonanotte que no desequilibra, un grupo de pibes que en su mayoría son verdes de pies a cabeza para poner la cara en esta situación y varios nombres que ya cumplieron el ciclo o nunca tendrían que haber llegado en el mercado de pases. A pesar de todo esto, el plantel estaba a la altura para hacer una mejor campaña y para mostrar un mejor funcionamiento que el actual.
Sin lugar a dudas, los papeles se le empiezan a quemar del todo al entrenador en aquel segundo tiempo ante GELP, donde evidentemente la brújula ya no le marcaba más el norte. La suerte ya parecía echada y el fracaso cada domingo daba un golpecito más de horno.
Finalmente, el equipo miserable de Cappa cavó su tumba en Floresta, con un mísero planteo de equipo recién ascendido ante un equipo recién ascendido, y con la miserable decisión de que su mejor y más desequilibrante jugador asista todo el juego sentado en el banco de suplentes, quizás la señal más clara de que ya se habían perdido todos los mapas para encontrar los caminos.
Con la miserable apatía del River de Gorosito o de Astrada y con la locura táctica del River de Simeone. Con un mísero invicto de no poder jugar bien al fútbol 90 minutos consecutivos. Con la miseria de llevar adelante un récord Guinnes de pésimos planteos iniciales. Cappa, en definitiva, no hizo más que repetir lo que le dicta gran parte de su curriculum: No estar a la altura de las grandes circunstancias.
Dentro de tanta miseria, de tanto mísero y de tanta situación miserable estuvo y esta encerrado River, en un estado de reclusión perpetua y jugando a la ruleta rusa con cada vez más balas en el cargador. Passarella, quien ha pasado sus días encadenado a su silencio y buscando soluciones a futuro mientras el presente se derrumba, ahora tiene en sus manos nuevamente la posibilidad de jugar una carta, la última del mazo. Esperemos que haya aprendido la lección…